Noemí

“Y Celso tuvo el deseo de viajar a ese mundo que el Hada Blanca comenzaba a descubrirle…

Ella le había relatado miles de veces sus días llenos de color con los duendecillos del bosque… Eran traviesos, charlatanes, pero el Hada Blanca los miraba cada mañana, conmovida por la inocencia infantil que desprendían.

Intentaba pacientemente transmitirles el saber que había ido acumulando durante años… Su tarea era esa, construír un mundo de fantasía un poquito mejor, a través de sus pequeños duendecillos…

Ellos eran el futuro, la dulzura no debía perderse con el tiempo… Tantas veces soñó el Hada Blanca que conseguía permanecer para SIEMPRE en sus corazones…

Ella era un hada temperamental, todos los seres que la conocían, lo sabían… Pero se decía que tenía el don de escuchar con los ojos cerrados, aventuras y desventuras de todo aquel que se acercase a ella, y como consecuencia, sentía en su misma piel, el dolor, la felicidad, la angustia, el amor, la tristeza, la desazón, la alegría, el arrepentimiento, la pasión, la gratitud, el nerviosismo, la excitación… y todo sentimiento de quien relataba su historia. Esa era su virtud, algo así como lo que en el mundo de los mortales llaman, empatía…

Celso se encontró frente a ella por casualidad. El Hada Blanca era muy curiosa y revoloteaba a menudo por mundos paralelos.

Así se conocieron… entre dulces, postres y aromas frutales…”